El Castillo de Eppstein

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El conde paseó a grandes zancadas por la habitación, aunque, de vez en cuando, se detenía ante la puerta secreta y la miraba con pavor insuperable. —Guillermo— dijo el conde, tras acercarse por detrás al sillón que ocupaba el secretario—, ¿cuánto tiempo cree que le queda aún de trabajo?

—Unas tres o cuatro horas, Excelencia —respondió el secretario—. Me gustaría que el trabajo estuviera listo mañana por la mañana. —Puedo llevármelo a mi habitación, y trabajar toda la noche—. Mejor todavía —añadió Maximiliano—, acábelo aquí mismo. —Pero, en ese caso, quizá el señor conde no pueda dormir.

—No lo creo. De todos modos, me siento algo indispuesto, y no me molestaría que alguien se quedara conmigo.

—Como gustéis, señor conde.

—Pues hágalo así. Creo que será lo mejor.

El secretario inclinó la cabeza en señal de aquiescencia y, con la idea de que, efectivamente, su señor tenía prisa por comprobar los cálculos que llevaba a cabo, se puso a trabajar de nuevo. En cuanto a Maximiliano, encantado de haber encontrado una excusa para que alguien permaneciese cerca de él, llamó a su ayuda de cámara para que le ayudase a desvestirse y se metió en la cama.


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