El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein A pesar de haber tomado tantas precauciones, a Maximiliano le costó mucho conciliar el sueño al principio. Había luz en la estancia, porque allí estaba Guillermo y oía cómo la pluma corría sobre el papel. Todo aquello le parecía propicio para la aparición de fantasmas. Sin embargo, había algo que le tranquilizaba en parte: la serenidad de aquella hermosa noche de junio, tan diferente de aquella otra de Navidad, toda ráfagas de viento y tormentas. En esta ocasión, una profunda calma reinaba en el exterior, la naturaleza parecía dormir y, a través de la contraventana entreabierta, el conde, desde su cama, contemplaba el brillo de las estrellas.
Restó importancia a sus locas quimeras y, tranquilizado por la presencia de Guillermo, el conde corrió los cortinajes para no ver la luz y terminó por dormirse con un sueño inquieto. No hubiera sabido decir cuánto hacía ya que dormía, cuando se despertó sobresaltado y sin motivo aparente. Se incorporó en la cama, mientras un sudor glacial le cubría la frente. Luego, sucedió algo extraño: a través de las aberturas de las cortinas del lecho, vio cómo las velas de los candelabros y de la lámpara se apagaban una tras otra.