El Castillo de Eppstein

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En cuanto a Guillermo, agotado por el cansancio con toda seguridad, se había quedado dormido en su sillón. El conde quiso llamarle para que espabilase, pero la voz se le quebró en la garganta, como si una mano invisible oprimiese su cuello. Quiso saltar de la cama, pero se sintió como encadenado al lugar donde estaba. Durante aquel rato, las velas se apagaban con una cadencia espantosa: no quedaban más que tres encendidas, las cuales se extinguieron también hasta que toda la estancia se sumió en la más completa oscuridad.

Al instante, se oyó el ruido sordo de una puerta al girar sobre sus goznes. El conde se metió de nuevo en la cama, sin perder de vista la pared, y con la cabeza envuelta entre las sábanas. No había duda de que alguien se aproximaba a su lecho. Más que oírlo, podía sentirlo en el desplazamiento del aire. En contra de su voluntad, dominado por una potencia invisible, sacó la cabeza del embozo y fijó sus ojos, despavoridos, en el lugar por donde se acercaba aquella cosa.

En vano, se agitó Maximiliano: no era capaz de hablar ni de levantarse, no podía ni espantar a aquella aparición que le amenazaba, ni siquiera huir de ella. Llegó el momento en que los cortinajes de su lecho se descorrieron, mientras él permanecía inmóvil, petrificado, tras reconocer la pálida sombra de Albina, tal y como la había contemplado la otra vez.


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