El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein VI
Fue Rosamunda quien primero vio a Everard y, al hacerlo, dio un grito de sorpresa.
—¡Everard, hermano mÃo!
Bajó del caballo y corrió hasta el lugar en el que se encontraba el joven, con los brazos tendidos. Estaba de un humor delicioso, porque su padre acababa de contarle cómo, un dÃa, Everard se habÃa tirado, vestido, al Mein para rescatar al niño de una pobre mujer, que habÃa caÃdo al agua mientras jugaba.
—¿Asà que era aquà por donde andabais, Everard? ¡Y cuánto tiempo hace! De verdad, que ya estábamos intranquilos. Habéis obrado mal por no darnos noticias vuestras. Pero olvidemos todo.
Entretanto, Jonathas se habÃa acercado a los dos jóvenes.
—¡Por fin está de regreso nuestro querido ausente! —Dijo el buen guardabosque—. Everard ni siquiera sabéis que, durante vuestra ausencia, vuestro padre ha estado en Eppstein y que os ha buscado, con mucha insistencia, durante varios dÃas, lo que no ha impedido que haya tenido que marcharse sin llegar a veros.
—¡Se ha ido! —exclamó Everard.
