El Castillo de Eppstein

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Capítulo VIII

VIII

Baste el relato de aquella mañana para entender cómo había transcurrido, en los tres últimos años, la agradable vida en armonía de Everard y Rosamunda. El dulce soñador de los montes del Taunus y la aplicada alumna del Tilo Sagrado se habían desarrollado según su carácter y su destino. Rosamunda había instruido a Everard, y éste la había amado. El paseante solitario ya no lo estaba. Había encontrado a quién ofrecer su alma, a quién comunicar sus pensamientos y a quién consagrar aquellas partes de su corazón y de su vida que su madre dejaba vacías. Toda su felicidad estribaba en obedecer a Rosamunda: no le costaba nada hacer todo lo que la muchacha le pedía, porque aquel espíritu salvaje le reconocía todo el derecho a hacerlo. En la naturaleza ruda y entregada de Everard, todo era para Rosamunda.

Lo único que el muchacho conservó para sí fue su devoción por el fantasma de Albina. Para todo lo demás, su confidente era Rosamunda. Pero respecto a sus visiones, nocturnas o diurnas, incluso ante la muchacha, guardaba una cierta reserva, y no reveló más que a medias el secreto de las apariciones y de los consejos de aquel querido espectro. Como en todo amor verdadero, el respeto filial de Everard también tenía su pudor, que le impedía traicionar aquella tumba cerrada para todos, salvo para él.


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