El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —Me acuerdo también de un dÃa —continuó Jonathas—, en que el perro del viejo Gaspar mató a dentelladas a la curruca que Noemà tenÃa en una jaula. La muchacha se puso a llorar amargamente, porque querÃa mucho a aquel pájaro que, como si fuera salvaje, se iba a volar por el bosque, pero que, a una llamada de su ama, volvÃa para deleitarla con sus melodiosos trinos. Conrado no dijo nada, y se internó en la espesura. Por la noche, regresó: traÃa la ropa hecha jirones y las manos ensangrentadas. En unos matorrales, hasta los que no habÃa llegado ni mi perro, Castor, habÃa descubierto un nido de currucas, y se lo traÃa a la desconsolada NoemÃ. Cinco pájaros a falta de uno, como si le ofreciera el futuro a cambio del presente. Asà que las penas de la muchacha pronto se convirtieron en alegrÃa. Pero aquel hallazgo de Conrado iba tan poco con su forma de ser que, de verdad, si Gaspar no hubiera estado tan ciego…