El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein Rosamunda y Everard no oyeron el final de la frase. Sus manos se habían encontrado, se habían juntado. En aquel mismo instante, Rosamunda acababa de recordar una sorpresa que le había dado su hermano Everard. Un día, la muchacha había dibujado en un trozo de papel un plano exacto del pequeño jardín que ella misma cuidaba en el convento, y que tanto añoraba. Era un huerto de unos diez pies cuadrados, en el que había un rosal blanco, un árbol de grosellas, fresas en abundancia y una enorme cantidad de las flores propias de cada estación. Cuando al día siguiente paseaba por el jardín de Jonathas, Rosamunda dio un grito de alegría y de sorpresa, porque allí, en una de las esquinas, había un huerto similar al que tenía en el Tilo Sagrado. Levantó la cabeza y, muy cerca, vio que Everard acechaba para captar su sorpresa. Y aquella atención del muchacho le había agradado todavía más, puesto que sabía a ciencia cierta que era la primera vez que Everard tocaba una laya y un rastrillo.