El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein Hay que reconocer que la historia de la curruca guardaba estrechas semejanzas con la del huerto, y los dos jóvenes estaban encantados, pero inquietos. Rosamunda había estrechado la mano de Everard como para darle las gracias, una vez más, por la sorpresa de aquel día. Y sus manos, ardientes, habían permanecido unidas. Transportados a otra vida, creían vivir un sueño mientras escuchaban lo que les contaba Jonathas, subyugado, aun a pesar suyo, por los vivos recuerdos de su juventud.