El Castillo de Eppstein

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—Eran dos nobles corazones —prosiguió—. Puros como hijos de Dios, no era culpa suya el que, además, fueran jóvenes y guapos, y se quisieran. Como yo era de su misma edad, y también pretendía casarme con mi bondadosa Guillermina, les entendía mejor que ellos mismos. Un día, Noemí cayó enferma; nada grave, gracias a Dios. Pero el médico le recomendó que no abandonara su cuarto ni saliera durante unos cuantos días. Conrado no tenía, pues, ningún motivo de preocupación; pero se encontraba solo. Y se hundió en una sombría tristeza de la que nada parecía sacarle. Por aquel entonces, yo sustituía ya a Gaspar, en ocasiones, en sus funciones de guardabosque, y en cada paseo que daba y por el monte, me encontraba al pobre Conrado tan afligido, tan desconsolado, que me daba pena. Cuando me veía, se secaba las lágrimas, porque no quería compartir su pena con nadie, ni siquiera consigo mismo. Y cuando yo le Preguntaba, con todo el respeto que me inspiraba su posición, pero con aquel cariño casi paternal que sentía por él, el muchacho me respondía que no sabía lo que le pasaba, que ni siquiera él mismo era capaz de comprender la misteriosa dolencia que le aquejaba, porque todo le hería y le molestaba sin motivo, y que no había razón para que se echase a llorar. Me decía cosas así, y yo ponía cara de creérmelas. Pero la verdad es que yo sabía muy bien cuál era la razón de aquella tristeza, e incluso habría podido decírsela a él, que no se daba cuenta. Porque yo también estaba enamorado de Guillermina, como él lo estaba de Noemí, y yo también había sufrido una separación.


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