El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein Mientras Jonathas se expresaba así, con aquella pureza, con aquel candor de alma y de pensamiento, Everard y Rosamunda apretaban sus manos, y sus almas, fundidas, se estrechaban, embriagadas, agitadas, ocultas en la oscuridad. Nadie les veía, ni siquiera ellos mismos. El joven había pasado uno de sus brazos por detrás del cuerpo de su amiga, y Rosamunda, arrastrada por una irresistible fascinación, no tenía ya ni fuerza ni capacidad de pensar. Sus cabellos se rozaron, sus alientos se confundieron, temblorosos, acercaron sus labios y sus bocas se unieron. Aquel beso, su felicidad primera, duró lo que un relámpago, porque, espantados, se echaron hacia atrás, con precipitación. Jonathas continuó, como si hubiera aguardado a que se produjera aquel instante.
—Vamos, vamos, muchachos, que el fuego se apaga, y hemos de separarnos. Ya es hora de que el señor conde se vuelva a su castillo, y tú, Rosamunda, sube a tu cuarto.
La voz del guarda arrancó a los dos jóvenes de su éxtasis, y los expulsó del paraíso a la realidad. Se incorporaron, pues, los tres. Everard y Rosamunda estaban tan aturdidos, tan temblorosos, que se apoyaron entre sí para no caer. Tras unas cuantas palabras más, se estrecharon la mano y se fueron cada uno por su lado: Jonathas, con sus tranquilos sueños del pasado; Rosamunda y Everard, emocionados, con la mirada puesta en el porvenir.