El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —Sin duda, monseñor, sin duda —repuso el competente profesor—, y prefiero mil veces más tratar con un espÃritu virginal donde, como en una tabla rasa o un folio en blanco, nadie ha escrito nada, que con una inteligencia deformada por doctrinas o principios erróneos. Es mejor que todo esté por hacer, aunque sea mucho, que empezar por deshacer.
—Os agradezco que hayáis esperado hasta este momento —dijo el conde.
—Y yo, a mi vez, porque no hayáis desesperado —añadió Everard, cuyo espÃritu recto y leal se indignaba cada vez más por asistir a aquella comedia, pero que extraÃa un raro y amargo placer al mezclar su ironÃa con su falsedad.
—Vamos, pues —continuó el doctor—, y me alegro; vamos, repito, a comenzar todo desde el principio: historia, lenguas, ciencia y filosofÃa.