El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —Para no perder el tiempo —repuso Everard, sin dejar de observar el efecto que causaban sus palabras en el rostro de su padre—, querido profesor, haremos bien en dejar como están las cosas que creo que domino, y remontarnos rápidamente, juntos, hasta los principios. Por ejemplo, en cuanto a la historia, creo que poca cosa tendréis que enseñarme sobre los hechos en sÃ. Pero estaré encantado de conversar con un hombre tan versado como vos acerca de la filosofÃa que encierran los acontecimientos. Señor doctor, al igual que yo, ¿estáis a favor de Herder y en contra de Bossuet?
El conde y el profesor se miraron con extrañeza.
—Por lo que hace a las lenguas —prosiguió Everard—, sé bastante francés e inglés como para entender a Molière y a Shakespeare de corrido. Más si queréis que profundice más en el pensamiento de esos dos genios, y estudiar conmigo el espÃritu que late en sus obras, os prometo que encontraréis en mÃ, doctor, un alumno que, si bien no demasiado inteligente, será atento y trabajador como ninguno.
Maximiliano y Blazius no podÃan ocultar su sorpresa.
—Everard —exclamó el conde—, ¿cómo os las habéis arreglado para ser tan leÃdo, a pesar de vuestra soledad?