El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —Gracias a esa misma soledad —respondió Everard, quien se dio cuenta de que debÃa intensificar su prudencia—. Me llevaba al bosque libros de la biblioteca, gramáticas, crónicas, tratados de matemáticas, y no los devolvÃa a su sitio hasta haberlos entendido. AsÃ, fecundaba mis lecturas con la reflexión. Me ha costado mucho, sin lugar a dudas, especialmente en el caso de las ciencias exactas. Pero, con ánimo y paciencia, he salido con bien de las dificultades y, un dÃa en que cayó en mis manos el programa de conocimientos que se exige en las escuelas estatales, me llevé la alegrÃa de constatar que podrÃa presentarme tanto a los exámenes para el ingreso en las academias militares como en la universidad. Incluso pensé que, si algún dÃa me viera obligado a seguiros a la corte, en lugar de sonrojaros por mi causa, padre, os sentirÃais incluso honrado.
—¡No es posible! —Exclamó el conde—. ¡Se trata de un milagro, doctor, de un verdadero milagro! Preguntadle acerca de todo, porque no me lo creo. Entremos, entremos, rápido doctor, que ardo en deseos de quedarme tranquilo en este punto. Y vos, Everard, querido hijo, venid, venid.