El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein Y el conde se llevó a Everard hasta el comedor, estancia que les pillaba de camino, y donde el doctor Blazius procedió a examinar al pretendido alumno. Pronto comprendió que serÃa más prudente no aventurarse demasiado con aquel joven erudito, dado que, en la mayorÃa de las materias, el alumno sabÃa más, cuando no habÃa sido mejor instruido, que el propio maestro. En efecto, las notables aptitudes de Everard le habÃan permitido ir más allá, con mucho, de las superficiales enseñanzas de Rosamunda y, a pesar de su natural modestia, se divertÃa en llamar la atención, gracias a su seguridad, ante la clásica pedanterÃa de que daba señales aquel doctor oficial, que era Blazius.
—¡Un milagro! —confirmó finalmente el profesor, atónito—; un milagro que el cielo os debÃa, señor conde, no como resarcimiento, sino como consuelo.
—Por supuesto —respondió Maximiliano—, y me he llevado tal alegrÃa que, por un instante, he olvidado el duelo de mi alma y de mis ropas. SÃ, querido Everard, habéis de saber la funesta noticia que no querÃa comunicaros hasta no haber comprobado que erais digno de vuestros antepasados y de vos mismo. Vuestro hermano mayor, mi pobre Alberto…
—¿Y bien? —preguntó Everard, con ansiedad.