El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein Everard palidecía y sentía que las rodillas le fallaban. Acababa de darse cuenta, de repente, de todos los cambios que iba a representar en su existencia el acontecimiento que su padre acababa de anunciarle. Sin embargo, y como a pesar de su lucha interna, su rostro seguía impasible, el conde continuó:
—Desde hoy, Everard, sois un funcionario al servicio de Austria, ¿me comprendéis? He aquí vuestro nombramiento. Y esto no es todo.
El conde se dirigió hacia una silla sobre la que reposaba una espada, la tomó y se la presentó a su hijo: