El Castillo de Eppstein

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—Y aquí está vuestra espada —continuó—. No tenía que entregaros ninguna de las dos cosas hasta dentro de seis meses, pero, puesto que os habéis hecho acreedor a ellas, recibidlas de mi mano. Y ahora, Everard, creedme si os digo que no terminarán aquí los favores del Emperador. Pero ya hablaremos de todo ello en otra ocasión. Bástenme por el momento los recuerdos que se han despertado en mí al volverte a ver, la memoria de mi querido Alberto, suscitada por mi pena, y la felicidad que he sentido al encontrar en vos todo lo que podía desear. Tantas emociones, buenas y dolorosas, me han agotado. Os dejo para que charléis con el doctor Blazius. Cuando acabe el día, volveré a veros, Everard. Será entonces cuando os comente algo acerca de los grandes designios que tengo para vos y que, a ciencia cierta, comprenderéis claramente. Mientras tanto, os deseo que seáis feliz, y que soñéis, hijo mío, aunque vuestra imaginación no se encuentre a la altura de lo que os espera en la corte vienesa, a donde me acompañaréis dentro de unos días.

A continuación, besó a Everard, y el conde se fue, tras dejar al joven estupefacto y regalar al doctor Blazius, que hacía una profunda reverencia, con un gesto protector.



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