El Castillo de Eppstein

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—¡Vamos, vamos! —Prosiguió Maximiliano, tras menear la cabeza, como para liberarla de lúgubres pensamientos y dudas—, ¡vamos, vamos! Hay que ser un hombre, y no dejarse llevar por visiones. Me equivoqué al dejarme llevar por mi terrible cólera, estoy de acuerdo, y doy gracias a Dios y a vos, Conrado, por haberme salvado de cometer un asesinato. Pero, de verdad, que no estaba en mis cabales, porque ese insolente joven me había sacado de mis casillas. En fin, ¿me habéis dicho que es sólo una leve herida? Eso le servirá de lección, y hará que me obedezca en el futuro. Al menos, así lo espero. En cuanto a las amenazas de la muerta y los sueños en los que se me ha aparecido, no soy ni lo bastante joven ni lo bastante ingenuo como para perseverar en tales quimeras. Y vos, Conrado, un hombre superior, un soldado de Napoleón, creéis, al igual que yo, en la vanidad y falsedad de tales sueños, ¿no es así?

—¿Quién sabe? —respondió Conrado, pensativo.

—¡Cómo! —Replicó Maximiliano—, ¿creéis en espectros y fantasmas? —Jesús— dijo Conrado —nos obligó a los vivos a rezar por los muertos.

¿Por qué el Evangelio no habría de ordenar a los ya fallecidos que cuiden de nosotros los vivos?


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