El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —Callaos, callaos —le interrumpió el conde, de nuevo pálido y agitado—; eso no puede ser. Estoy seguro, y asà quiero creerlo, que no hay lazos entre la vida y la muerte. Hermano mÃo, hermano mÃo, no me devolváis al delirio, a mis terrores.
En un segundo, y tan sólo por culpa de esas palabras, aquel hombre que, un instante antes, se jactaba de poseer una razón poderosa, se habÃa vuelto más tÃmido y miedoso que un niño o que una mujer. Pero hizo un esfuerzo, y alzó la cabeza.
—Y aunque asà fuera —añadió—, que Dios hubiese concedido a sus elegidos la condición de ser ángeles de la guarda en este mundo, ¿habrÃa hecho partÃcipes en tan maravilloso don también a los condenados? Creo, sé, Conrado, estoy seguro de que, a despecho de todo, Albina no fue digna del cielo, porque una mujer adúltera no sabrÃa proteger a nadie, y menos aún al hijo de su pecado.
—¡Albina! —Exclamó Conrado—. ¿Cómo os atrevéis a hablar asà de la piadosa, casta y noble Albina?
—¿La conocisteis? —preguntó Maximiliano.
—Me han dicho… —contestó Conrado, en un aprieto.