El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —¡Os han dicho! ¡ParecÃa muy santa por fuera, y engañaba con habilidad a la gente, esa hipócrita! Pero a vos, hermano mÃo, quiero y debo confesaros su vergüenza. Sà —prosiguió Maximiliano, encendido, confundido—, sÃ, en definitiva, es necesario que la condene para que yo encuentre una justificación. Convendréis conmigo en que tuve y tengo razón, ya lo veréis, que he de plantar cara a sus amenazas, porque fue una infame. Todos mis terrores han tenido su origen en la perturbación de mi espÃritu, pero erróneos han sido mis remordimientos. SÃ; fui justo, no culpable. Si mis palabras, como un cuchillo, acabaron con su vida, eso estuvo bien. Ese Everard no es hijo mÃo, sino de un tal capitán Jacques, ¡que Dios confunda!
—¡Del capitán Jacques! —exclamó Conrado, tras dar un paso atrás.
—Asà es; de un francés, que se enamoró de ella con un afecto un poco novelesco. Un aventurero misterioso del que ni siquiera quiso decirme su nombre, ni de dónde provenÃa. Un extranjero, a quien, en público, trataba de hermano y amigo.
—¡Porque era su hermano y su amigo, desgraciado! —gritó Conrado, con voz tronante—. Ese aventurero, ese francés, el capitán Jacques era yo, Conrado de Eppstein, hermano suyo y vuestro.
Como movido por un resorte, Maximiliano se puso en pie, y asà permaneció, rÃgido, pálido.