El Castillo de Eppstein

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—Fui yo —prosiguió Conrado— quien le pedí, insensato, una discreción que su alma generosa me prometió hasta la muerte. Así que yo también, con vos y como vos, aunque de forma involuntaria en mi caso, he sido su asesino. Yo que os ocultaba, hace tan sólo un instante, mi primer y funesto regreso de veinte años atrás, para no avivar vuestros terrores. Ahora debo deciros que matasteis a una inocente, por lo que, hermano mío, habréis de responder ante Dios.

Conrado se vio obligado a detenerse, porque el hundimiento de Maximiliano, un hombre tan enérgico y orgulloso, era tan terrible que movía a compasión. Estaba pálido como un muerto, como si la mano del Señor, enojado, pesase sobre sus hombros. Apenas se atrevía a levantar los ojos, que revelaban un terror inefable. Y creía ver, con toda claridad y a su lado, al ángel vengador, espada en mano.

Un largo silencio siguió a estas últimas palabras. Conrado ya no encontraba fuerzas para maldecir, y Maximiliano tan sólo murmuraba que estaba perdido.

Y repetía continuamente las mismas palabras, en un tono lúgubre y siniestro.

Eran las cuatro de la tarde; se hacía de noche. Arrastradas por el viento, enormes nubes negras cruzaban el cielo, mientras los pinos crujían y bandadas de cuervos graznaban y volaban en torno a las torres de Eppstein. De repente, Maximiliano salió de su estupor.


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