El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein II
Alejémonos, ahora, de las riberas del Mein y del tétrico castillo de Eppstein, y trasladémonos a los deliciosos alrededores de Viena. Acerquémonos a la encantadora mansión de Winkel, donde hallaremos a Albina de Schwalbach, una preciosa muchacha de dieciséis años, que juguetea entre las flores, con los cabellos sueltos y las mejillas como la grana. Al final del paseo por el que corretea, sentado en un banco, se encuentra su padre, el duque, menos serio y más afable que su viejo amigo el conde de Eppstein. Se dedica a contemplar a su hija, que le hace mil y una monadas cada vez que pasa por delante de él. El duque de Schwalbach era un ministro consejero alemán de los pies a la cabeza.
—Pero ¿qué os ocurre esta mañana, padre? —Preguntó la joven, tras detenerse repentinamente en el momento en que pasaba por enésima vez por delante del duque, y observar en sus labios una sonrisa que le intrigaba—. Tengo la sensación de que me miráis de una forma tan extraña como misteriosa. ¿En qué pensáis?
—En esa enorme carta, sellada con lacre negro, que, según tú, olía a medieval, que nos ha llegado desde muy lejos y sobre la que he meditado largamente.
