El Castillo de Eppstein

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Éramos ocho personas en total: el hijo de nuestro anfitrión, su tutor, cinco amigos y yo. En la mesa, me tocó al lado del preceptor. Y hablamos de viajes: él había estado en Egipto, y yo acababa de llegar de aquel país. Este hecho creó entre nosotros una de esas relaciones pasajeras que, aunque parecen duraderas en el momento de su aparición, se esfuman al día siguiente, con la separación de los contertulios, para no reanudarse jamás.

Así que, cuando nos levantamos de la mesa, convinimos en que cazaríamos juntos. Incluso me aconsejó que me quedase en la retaguardia y que apuntase con mi arma en todo momento en dirección a los montes de Taunus, habida cuenta de que tanto liebres como perdices tendían a escapar hacia los bosques allí situados, con lo que disfrutaría de la posibilidad de disparar no sólo a la caza que yo levantase, sino también a las piezas de los demás.

Y seguí al pie de la letra sus consejos, máxime si se tiene en cuenta que comenzamos a cazar ya pasado el mediodía y que, en el mes de octubre, los días son cortos. Cierto es que, ante la abundancia de caza, al punto comprendimos que pronto recuperaríamos el tiempo perdido.



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