El collar de la reina

El collar de la reina

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Capítulo LXXII

Olive cumplió lo prometido.

Juana hizo otro tanto.

A partir del día siguiente, Nicolasa había pasado desapercibida para todo el mundo y nadie podía sospechar que vivía en la calle de Saint-Claude.

Juana, por su parte, lo preparaba todo sabiendo que el día siguiente debía coincidir con el vencimiento del primer pago de quinientas mil libras.

Este momento terrible era el último blanco de sus observaciones.

Había calculado sabiamente la alternativa de una huida, cosa fácil, pero que constituía una acusación irrebatible.

Quedarse inmóvil como el duelista que aguarda los golpes de su adversario, con la probabilidad de caer, pero también con la de matar a su enemigo: tal fue la resolución que adoptó la condesa.

He aquí por qué, al día siguiente de su entrevista con Olive, apareció a las dos en su ventana para dar a entender a la falsa reina que aquella noche debía estar preparada para marcharse.

Explicar la alegría y el miedo de Olive sería algo imposible. La necesidad de huir significaba la existencia de un peligro y la posibilidad de la salvación.

Envió un expresivo beso a Juana y se aprestó a hacer sus preparativos.


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