El collar de la reina

El collar de la reina

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Capítulo LXXXII

La reina estaba sola y desesperada.

Después de haber permanecido una hora en este estado de duda y abatimiento, se dijo que era necesario buscar una salida. El peligro iba aumentando. El rey, orgulloso de haber conseguido una victoria sobre las apariencias, se apresuraría a extender el rumor. Y podría ocurrir que este rumor fuese acogido afuera en tal forma que todo el beneficio de la simulación quedara en nada.

¡Cómo se reprochaba la reina esta simulación; cómo hubiera querido dejar sin efecto la palabra dada e inclusive cómo hubiera querido sustraer a Andrea la quimérica felicidad que tal vez ella iba a rechazar!

En esto, efectivamente, surgía otra dificultad. El nombre de Andrea lo había salvado todo ante el rey. Pero ¿quién podía responder de este espíritu caprichoso, independiente, voluntarioso que se llamaba señorita de Taverney? ¿Quién podía contar con que esta orgullosa persona enajenaría su libertad, su porvenir en provecho de una reina a la que pocos días antes había dejado como una enemiga?

¿Qué ocurriría entonces? Si Andrea rehusaba, lo que era muy verosímil, todo el andamio de embustes se venía abajo. La reina quedaría convertida en una intrigante de mediano talento, Charny en embustero y la calumnia trocada en acusación tomaría las proporciones de un adulterio indiscutible.


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