El collar de la reina

El collar de la reina

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Capítulo LXXXIV

Mientras la reina decidía de la suerte de la señorita de Taverney en Saint-Denis, Felipe, con el corazón destrozado por todo lo que había sabido y por todo lo que acababa de descubrir, apresuraba los preparativos de la partida.

Felipe tenía motivos más poderosos que ningún otro para alejarse de Versalles rápidamente; no quería ser testigo del deshonor probable e inminente de la reina, su única pasión.

Se le vio por eso más decidido que nunca, hacer ensillar sus caballos, cargar sus armas, amontonar en su valija lo que más corrientemente se necesita para la vida ordinaria y terminados esos preparativos avisar al señor de Taverney padre, que tenía que hablarle. El anciano volvía de Versalles moviendo las flacas piernas lo mejor que podía para sostener su grueso vientre. El barón, desde hacía tres o cuatro meses engordaba, lo que le producía un orgullo fácil de comprender teniendo en cuenta que el grado sumo de la obesidad era en él signo de una satisfacción completa.

Y la satisfacción completa, en el señor de Taverney, era una frase que tenía muchos sentidos.


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