El collar de la reina
El collar de la reina Al entrar por la puerta del patio, Beausire lo hacía guiado por una idea: quería hacer bastante ruido para prevenir a Olive con objeto de que estuviese sobre aviso. Sin saber nada del asunto del collar, sabía lo suficiente en lo que se refería al asunto del baile de la Ópera y el de la cubeta de Mesmer como para temer que Olive apareciese ante los desconocidos. Obraba razonablemente, porque era joven que leía novelas frívolas en el sofá del saloncito, oyó ladrar a los perros, miró al patio y vio a Beausire acompañado, lo que impidió que saliese a recibirle como siempre.
Desgraciadamente los dos tórtolos no estaban fuera del alcance de las garras de los gavilanes.
Fue necesario disponer la comida y un criado torpe —los habitantes del campo no son precisamente linces para estos casos— preguntó dos o tres veces si era necesario consultar con la señora.
Estas palabras hicieron aguzar el oído a los sabuesos. Se burlaron agradablemente de Beausire a propósito de esa dama escondida.
Beausire dejó que se burlasen de él, pero no mostró a Olive.
Sirvióse una abundante comida a la que hicieron honor los dos agentes. Se bebió mucho y se brindó a menudo por la salud de la dama ausente.
