El collar de la reina
El collar de la reina Por la forma en que había enredado el asunto Juana, era imposible descubrir la verdad.
Convicta irrecusablemente por veinte testimonios procedentes de personas dignas de fe, Juana no podía resignarse a pasar por una ladrona vulgar. Necesitaba que alguien pasase vergüenza al lado suyo. Estaba persuadida de que el alboroto del escándalo de Versalles cubriría su delito hasta tal punto, que aunque ella, la condesa de La Motte fuera condenada, la sentencia heriría a la reina a los ojos de todo el mundo.
Su cálculo había fracasado. La reina, al aceptar el doble debate, y el cardenal sufriendo el interrogatorio, jueces y escándalo arrebatábanle la aureola de inocencia con que ella había pretendido dorar sus hipócritas reservas.
Pero ¡cosa extraña!, el público iba a ver cómo se desarrollaba un proceso en el cual nadie sería inocente, ni aun aquellos a los que absolviese la justicia.
Después de careos sin fin en los que el cardenal apareció siempre tranquilo y cortés, inclusive con Juana, y en los que esta se mostró violenta y enojosa para con todos, la opinión pública en general y la de los jueces en particular, se había formado irrevocablemente.