El collar de la reina
El collar de la reina La señora de La Motte se había equivocado en todos sus cálculos. Cagliostro no erró en ninguno de los suyos.
Apenas ingresado en la Bastilla, comprendió que se le daba pretexto para contribuir abiertamente a la ruina de aquella monarquía que, desde hacía tantos años, socavaba sordamente por medio del iluminismo y los trabajos ocultos.
Seguro de no poder ser acusado de nada, como víctima llegada al desenlace más favorable desde su punto de vista, cumplió religiosamente su promesa con todos.
Preparó los materiales de la famosa carta de Londres, que, al ser conocida, un mes después de la época que estamos hablando, fue el primer golpe de ariete sobre las murallas de la vieja Bastilla, la primera hostilidad de la revolución, el primer choque material que precedió al del 14 de Julio de 1789.
En esta carta, en que Cagliostro, después de haber pulverizado al rey, a la reina y al cardenal como agiotistas[83] públicos, hacía lo propio con el señor de Breteuil, personificación de la tiranía ministerial, nuestro demoledor, se expresaba así:
