El collar de la reina
El collar de la reina Madame de la Motte no se había engañado al suponer que el cabriolé que acababa de desaparecer llevaba a las dos damas de la caridad.
En efecto, habían encontrado junto a la casa un cabriolé construido según la época, es decir, alto de ruedas, caja ligera, techo elevado y con una banqueta para el lacayo que iba detrás.
Ese cabriolé, tirado por un caballo de cola corta, grupa carnosa y color bayo, había sido llevado por la calle de Saint-Claude, y guiado por el mismo conductor del trineo, al cual la dama de caridad había llamado Weber, como hemos sabido anteriormente.
Weber sujetaba al caballo y trataba de moderar la impaciencia del fogoso animal, que removía con sus cascos nerviosos la nieve que se iba endureciendo poco a poco, a medida que anochecía.
Cuando las dos damas aparecieron, dijo Weber:
—Siñoga, quisiera haber traído a «Scibión», que es muy suave y fácil de llevar, pero «Scibión» cayó enfermo anoche; no haber más que «Pelus», y «Pelus» es díscolo.
—Pero no para mí; ya lo sabéis, Weber —repuso la mayor de las damas—. La cosa no tiene importancia; tengo mano firme y estoy acostumbrada a conducir.
—Yo sé que siñoga conducir bien, pero los caminos estar bien malos. ¿Dónde ir?
