El collar de la reina
El collar de la reina Una vez terminados los debates, después del alboroto del interrogatorio y las emociones del banquillo, los acusados quedaron alojados por aquella noche en la Conserjería. Como hemos dicho, la muchedumbre volvió al anochecer, en grupos silenciosos, aunque animados, a la plaza del Palacio, para recibir la noticia de la sentencia tan pronto como se hubiese dictado.
En París —cosa extraña— los grandes secretos, son precisamente aquellos que la muchedumbre conoce antes de que se hayan esclarecido por completo.
Hacía calor. Las nubes de junio se amontonaban como penachos de humareda espesa. El cielo brillaba en el horizonte iluminado por relámpagos intermitentes.
Mientras el cardenal, al que se había concedido el favor de pasear por las terrazas que comunicaban los torreones, hablaba con Cagliostro del éxito probable de su mutua defensa; mientras Olive en su celda, acariciaba a su hijito y lo balanceaba en sus brazos, y Reteau, en la suya mordiéndose las uñas, contaba con el pensamiento los escudos prometidos por el señor de Crosne y los comparaba con los meses de cautividad que le prometía el parlamento, Juana, que estaba en la habitación de la conserje, la señora Hubert, trataba de distraer su acalorado ánimo con algo de ruido y movimiento.