El collar de la reina
El collar de la reina Por la mañana, cuando todos los ruidos renacen, cuando París emprende de nuevo la vida, la condesa esperaba que la noticia de su absolución penetraría de pronto en la cárcel con la alegría y las felicitaciones de sus amigos.
¿Tenía amigos?, ¡ay! Nunca la fortuna y el favor quedan sin cortejo, y sin embargo Juana, que había alcanzado la riqueza, que fue poderosa, había recibido y dado sin conseguir siquiera la amistad banal del que desconoce a la persona caída en desgracia y a la que adulara el día antes.
Pero después del triunfo que ella esperaba, Juana tendría partidarios, admiradores y envidiosos.
Esperaba en vano, sin embargo, que penetrase en la sala del conserje Hubert esta oleada de gente de rostro alegre que le diera sus felicitaciones.
De la inmovilidad de una persona convencida que deja que los brazos se dirijan a ella, Juana pasó, tal era la inclinación de su carácter, a una inquietud excesiva.
Y como no siempre se puede disimular, no se molestó en ocultar sus impresiones a los guardianes.
No le estaba permitido salir para ir a informarse, pero, pasó su cabeza por uno de los postigos de una ventana y así, ansiosa, prestó oído atento a los rumores de la plaza vecina.
