El collar de la reina
El collar de la reina Juana continuaba esperando que el escribano prometido por el conserje viniese a leerle la sentencia.
En efecto, ya no sentía angustia ni duda, conservando apenas el resquemor de la comparación, es decir, el orgullo y se decía:
«¿Qué me importa a mí que creo tener un espíritu sólido, que el señor de Rohan haya sido considerado menos culpable que yo?».
«¿Es a mí a quien se inflige la pena de una falta? No. Si hubiese sido reconocida como una Valois por todo el mundo, si hubiera podido ver como el cardenal, toda una hilera de príncipes y de duques escalonados al paso de los jueces, suplicando con su actitud, con sus crespones en la empuñadura de la espada, con sus lloros, me parece que no se le hubiera negado nada a esta pobre condesa de La Motte y ciertamente, en previsión de esa ilustre súplica, se le hubiera ahorrado a la descendiente de los Valois, la afrenta del banquillo».
