El collar de la reina
El collar de la reina Las dos damas estaban libres de la posible agresión, pero aún era de temer que algunos curiosos, habiéndolas seguido, diesen lugar a una escena parecida a la que acababa de ocurrir y de la que esta vez posiblemente no escaparÃan con tan buena fortuna.
El joven oficial comprendió esta alternativa. Se pudo advertir en la actividad que inmediatamente desplegó, despertando al cochero, más helado que dormido.
HacÃa un frÃo tan horrible que, contrariamente al hábito de los cocheros que tratan siempre de robarse los clientes los unos a los otros, ninguno de ellos abrió la boca, ni siquiera aquel al que se dirigÃan.
El oficial cogió al cochero por el cuello de su raÃdo abrigo y le sacudió tan rudamente que lo despertó en el acto.
—¡Eh! —le gritó el joven al oÃdo, al ver que daba señales de vida.
—¡Listo, señor, listo! —dijo el cochero, despertando y vacilando en el asiento como un borracho.
—¿Adónde vamos, señoras? —preguntó el oficial, siempre en alemán.
—A Versalles —repuso la mayor de las dos.
—¿A Versalles? —gritó el cochero—. ¿Habéis dicho a Versalles?
—SÃ.
