El collar de la reina
El collar de la reina En el momento en que se pusieron en camino, las ráfagas de un viento fuerte trajeron al oÃdo de las viajeras los tres cuartos que sonaban en el reloj de la iglesia de Saint-Louis.
—¡Dios mÃo, las doce menos cuarto! —exclamaron al unÃsono.
—Mirad, todas las verjas están cerradas —agregó la más joven.
—No me inquieta ese detalle, querida Andrea; si la verja estuviera abierta, entrarÃamos por el patio de honor; vayamos de prisa, de prisa, por los reservados.
Y se dirigieron hacia el lado derecho del castillo.
Todo el mundo sabe que hay en este lado un pasaje particular que conduce a los jardines, al que llegaron en seguida.
—La puertecilla está cerrada, Andrea —dijo, inquieta, la mayor.
—Vámonos, madame.
—No, llamemos. Laurent debe esperarme. Le he prevenido que quizá llegarÃamos tarde.
—Entonces, llamemos.
Y Andrea se acercó a la puerta.
—¿Quién va? —preguntó una voz desde el interior, sin esperar que llamasen.
