El collar de la reina

El collar de la reina

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II

En el mismo instante, el rodar de muchos carruajes sobre el empedrado cubierto de nieve advirtió al mariscal que llegaban sus invitados, y poco después, gracias a la exactitud del maestresala, nueve convidados se sentaban alrededor de la mesa ovalada del comedor: también nueve lacayos, silenciosos como sombras, ágiles sin precipitación, atentos sin importunar, se deslizaban sobre las alfombras, pasaban entre los convidados sin rozar nunca sus brazos, sin tropezar con sus sillones, sillones hundidos en un mar de pieles, donde se sumergían hasta los tobillos, las piernas de los invitados.

Disfrutaban con todo esto los huéspedes del mariscal; y también con el dulce calor de las estufas, el humo de las carnes, el bouquet de los vinos y el runrún de las primeras charlas después de la sopa.

Ni un solo ruido fuera, pues los postigos de las ventanas tenían sordina; ni un solo ruido en el interior, excepto el que hacían los invitados. Los platos cambiaban de sitio sin que se los sintiese sonar, las bandejas iban del aparador a la mesa sin una sola vibración, y un maestresala, al que era imposible sorprender en un susurro, daba las órdenes con la mirada.

De este modo, al cabo de diez minutos, los invitados se sintieron completamente solos en el comedor; en efecto, unos servidores mudos, unos esclavos impalpables, tenían también por fuerza que ser sordos.


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