El collar de la reina

El collar de la reina

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Capítulo VIII

Apenas el rey hubo salido, la reina se levantó y se acodó en la ventana para respirar el aire glacial de la mañana.

El día se anunciaba brillante y con ese encanto que es un avance de la primavera y que tienen algunos días de abril; a las heladas de la noche sucedía el dulce calor de un sol que ya se dejaba sentir; el viento de la víspera había cambiado del norte al este.

Si se miraba en esta dirección, el invierno, el terrible invierno de 1784, había terminado.

Ya se veía flotar en el horizonte ese vapor grisáceo que no es otra cosa que la humedad evaporada por el sol.

El hielo se derretía en las ramas y los pájaros comenzaban a posarse libremente sobre los vástagos recién nacidos.

La flor de abril, el alhelí amarillo, curvado bajo el hielo como esas pobres flores de que habla Dante, levantaba su cabeza del seno de la nieve apenas fundida, y bajo las hojas de la violeta, espesas, duras y largas, el botón oblongo de la flor misteriosa lanzaba sus dos pétalos elípticos que preceden a su floración y a su perfume.

En las avenidas, sobre las estatuas, sobre las rampas de las puertas de hierro, el hielo se deslizaba en diamantes rápidos; no era todavía agua; era hielo.


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