El collar de la reina

El collar de la reina

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Capítulo X

Ante ese temor de la reina, Felipe contrajo sus músculos de acero, hincó los pies en la nieve y el trineo se detuvo en seco, como el caballo árabe que se estremece sobre sus patas en la arena del desierto.

—Ahora descansad —dijo la reina saliendo del trineo—. En verdad no hubiera creído que la velocidad pudiese producir esa embriaguez; habéis estado a punto de volverme loca. Y con paso vacilante se apoyó en el brazo de Felipe. Un estremecimiento de estupor que corrió por el gentío le advirtió que acababa de cometer una de sus faltas contra la etiqueta; faltas imperdonables a los ojos de los celos y del servilismo.

Felipe, aturdido por ese honor, parecía más tembloroso y avergonzado que si su soberana le hubiese injuriado públicamente. Bajó los ojos, y su corazón latía como si se le quisiese romper en el pecho.

Una singular emoción, sin duda a causa de la carrera, agitaba también a la reina, porque retiró inmediatamente el brazo y tomando el de mademoiselle de Taverney le pidió asiento, trayéndole una silla de tijera.

—Perdón, monsieur de Taverney —le dijo a Felipe, y enseguida, bruscamente, agregó por lo bajo—: ¡Dios mío, qué desgracia: estar siempre rodeada de curiosos y de idiotas!


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