El collar de la reina

El collar de la reina

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Capítulo XIII

Ahora que hemos renovado el conocimiento de nuestros lectores con los principales personajes de esta historia; ahora que les hemos introducido en la casita del conde de Artois y en el palacio de Luis XIV en Versalles, vamos a llevarlos a esta casa de la calle Saint-Claude, donde la reina de Francia había entrado de incógnito y subió con Andrea de Taverney al cuarto piso.

Una vez se hubo ido la reina, Juana de la Motte contó y volvió a contar los cien luises que acababan de caerle tan milagrosamente del cielo.

Cincuenta bellos dobles luises de cuarenta y ocho libras que, depositados sobre la pobre mesa, resplandecían a los escasos reflejos de la lámpara, y parecían humillar con su aristocrática belleza todo lo que había de miseria en la humilde estancia.

Después de recrearse en la alegría de poseer esa fortuna, Juana de la Motte no conocía un placer más grande que el de que la viesen. La posesión no era nada para ella si este hecho no hacía nacer la envidia.

Le repugnaba desde hacía tiempo tener a su camarera por confidente de su miseria, y ahora se iba a desquitar teniéndola por confidente de su fortuna. Entonces llamó al ama Clotilde, que seguía en la antecámara quitando el polvo y limpiando la lámpara que se reflejaba en el cristal de la mesa.

—Clotilde, venid y mirad.


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