El collar de la reina

El collar de la reina

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Capítulo XIV

He aquí todo cuanto seducía los ojos y, por consiguiente, la imaginación de las pequeñas fortunas, en los almacenes del maestro Fingret en la Place Royal.

Las mercancías no eran nuevas, la muestra lo decía lealmente, pero reunidas se realzaba su valor y acababan por representar un conjunto mucho más importante que el que los comerciantes más desdeñosos hubiesen exigido.

Juana de la Motte, una vez admitida a admirar todas estas riquezas, se dio cuenta de todo lo que faltaba en la calle de Saint-Claude. Le faltaba un salón en el que hubiera sofá, sillones y poltronas. Un comedor con vitrinas y aparadores. Un gabinete donde colgar cortinas persas y colocar los veladores y las pantallas de chimenea.

Y lo que le faltaba, además de salón, comedor o gabinete, era el dinero para conseguir los muebles y colocarlos en su nuevo apartamento.

Con los tapiceros de París hay transacciones fáciles de realizar en todas las épocas, y no hemos oído decir jamás que una joven y hermosa mujer se haya muerto en el umbral de una puerta que se ha negado a abrirse a su deseo.

En París, lo que no se compra se alquila, y son estos comerciantes los que ponen en circulación el proverbio «Ver es tener».


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