El collar de la reina
El collar de la reina Hubo un tiempo en que París, libre de negocios y lleno de oportunidades, se apasionaba por las cuestiones que hoy son monopolio de los ricos, de los que se llaman inútiles, de los sabios o de los perezosos.
En 1784, o sea en la época en que nosotros estamos, la cuestión de moda que flotaba por encima de todo y se detenía en las cabezas un poco elevadas, como hace la niebla en las montañas, era el mesmerismo, una ciencia misteriosa y mal definida por sus inventores, que no teniendo necesidad de democratizar un descubrimiento, había tomado el nombre de un hombre, de un título aristocrático, en lugar de uno de esos nombres de ciencia arrancados del griego, con la ayuda de los cuales la pública modestia de los sabios modernos vulgariza hoy todo elemento científico.
En efecto, ¿para qué democratizar en 1784 una ciencia? El pueblo, que desde hacía un siglo y medio no había sido consultado por los que lo gobernaban, ¿contaba para algo en el Estado?
No; el pueblo era la tierra fecunda que aportaba la espléndida cosecha que había levantado, pero el dueño de la tierra era el rey y los cosechadores eran la nobleza.