El collar de la reina
El collar de la reina El bosquejo que hemos procurado hacer, en el anterior capítulo, del tiempo en que se vivía y de los hombres de los cuales se ocupaban en este instante, puede justificar a los ojos de nuestros lectores ese empeño inexplicable de los parisienses por el espectáculo de las curas conseguidas públicamente por Mesmer.
También el rey Luis XVI, que tenía, si no curiosidad, aprecio por las novedades que hacían furor en su amada ciudad de París, había complacido a la reina, con la condición de que la augusta dama iría acompañada de una princesa; el rey, digo, había permitido a la reina ir a ver por una vez lo que todo el mundo ya había visto.
Sucedió a los dos días de la visita que el cardenal de Rohan había hecho a Juana de la Motte.
El tiempo era más suave y el deshielo había llegado. Un ejército de barrenderos, felices y orgullosos de acabar con el invierno, apaleaban, con el ardor del soldado que abre una trinchera, las últimas nieves pisoteadas y fundidas en sucios arroyos.