El collar de la reina
El collar de la reina Mademoiselle Olive se interpuso bravamente ante un hombre enfurecido que, con los puños crispados, el rostro pálido, los vestidos en desorden, hacÃa irrupción en el apartamento con terribles imprecaciones.
—Beausire, quieto, Beausire —dijo ella, con una voz que no denotaba el temor suficiente para que nadie se equivocase sobre el valor de esta mujer.
—¡Déjame! —gritó el recién llegado, desembarazándose con brutalidad de los brazos de su amante.
Y continuó, en un tono más rabioso:
—¡Ah! Porque habÃa aquà un hombre no se me abrÃa la puerta. Di.
El desconocido, según hemos dicho, seguÃa en el sofá, tranquilo e inmóvil, por lo que el tal Beausire tomó por indecisión su postura, incluso por miedo.
Se enfrentó con el hombre con un rechinamiento de dientes de mal augurio.
—Supongo que vos me responderéis —dijo.
—¿Y qué es lo que queréis que yo os diga, mi querido monsieur Beausire?
—¿Qué hacéis aqu� Y primero de todo, ¿quién sois vos?
—Soy un hombre muy tranquilo al que vos miráis enfurecido, y hablaba con mademoiselle con toda honestidad.
