El collar de la reina
El collar de la reina La Ópera, ese templo del placer de París, se incendió en el mes de junio del año 1781.
Veinte personas murieron en la catástrofe, y como dieciocho años después se repitió el mismo fatídico acontecimiento, el emplazamiento habitual de la Ópera pareció como una fatalidad que truncaba las alegrías parisienses, y el rey ordenó que se construyese el nuevo edificio en un distrito menos céntrico.
Para los vecinos fue una constante preocupación que esta ciudad de tela y de madera, de cartón y de pinturas, no corriese ningún riesgo. La Ópera indemne consolaba el corazón de los financieros y de las gentes de calidad e igualaba los rangos y las fortunas. La Ópera ardiendo podía destruir un distrito, la ciudad entera. No se necesitaba más que un viento caprichoso.
El emplazamiento elegido fue la puerta de Saint-Martin. El rey, apenado al ver que su ciudad de París iba a quedarse sin Ópera durante mucho tiempo, se entristeció como cuando la llegada del grano se retrasaba o el pan sobrepasaba en siete soles las cuatro libras.
Habría que ver a la vieja nobleza, a la abogacía, al ejército y a la finanza desorientados por ese vacío; era penoso ver errar por los paseos a las divinidades sin asilo, desde el director de danza hasta la ilustre cantatriz.