El collar de la reina
El collar de la reina El baile estaba en todo su apogeo, cuando el cardenal Louis de Rohan y madame de la Motte se deslizaron furtivamente en él, por lo menos, el prelado, confundiéndose con millares de dominós y de máscaras de toda especie. Pronto fueron envueltos en este gentÃo, donde desaparecieron, como desaparecen en los grandes torbellinos, los remolinos pequeños que se ven un instante desde la orilla, y después son arrastrados y borrados por la corriente.
Dos dominós, uno al lado del otro, en tanto que les fue posible sostenerse en este terrible caos, intentaron, aunando sus fuerzas, resistir la invasión; pero viendo que no podÃan conseguirlo, decidieron refugiarse bajo el puesto de la reina, donde el gentÃo era menor y por otra parte la pared ofrecÃa un punto de apoyo.
Dominó negro y dominó blanco, el uno grande, el otro de mediana talla; el uno un hombre, el otro una mujer; uno agitando los brazos, la otra volviendo una y otra vez la cabeza.
Estos dos dominós se entregaron entonces a un coloquio de lo más animado. Escuchemos.
—Yo os digo, Olive, que vos esperáis a alguien —repetÃa el mayor—. Vuestro cuello no es un cuello, es una veleta que no gira solamente al viento, sino a todo el que llega.
—¡Y bien! ¿Qué más?
