El collar de la reina

El collar de la reina

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Capítulo XXIII

El baile estaba en todo su apogeo, cuando el cardenal Louis de Rohan y madame de la Motte se deslizaron furtivamente en él, por lo menos, el prelado, confundiéndose con millares de dominós y de máscaras de toda especie. Pronto fueron envueltos en este gentío, donde desaparecieron, como desaparecen en los grandes torbellinos, los remolinos pequeños que se ven un instante desde la orilla, y después son arrastrados y borrados por la corriente.

Dos dominós, uno al lado del otro, en tanto que les fue posible sostenerse en este terrible caos, intentaron, aunando sus fuerzas, resistir la invasión; pero viendo que no podían conseguirlo, decidieron refugiarse bajo el puesto de la reina, donde el gentío era menor y por otra parte la pared ofrecía un punto de apoyo.

Dominó negro y dominó blanco, el uno grande, el otro de mediana talla; el uno un hombre, el otro una mujer; uno agitando los brazos, la otra volviendo una y otra vez la cabeza.

Estos dos dominós se entregaron entonces a un coloquio de lo más animado. Escuchemos.

—Yo os digo, Olive, que vos esperáis a alguien —repetía el mayor—. Vuestro cuello no es un cuello, es una veleta que no gira solamente al viento, sino a todo el que llega.

—¡Y bien! ¿Qué más?


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