El collar de la reina
El collar de la reina Madame de la Motte, que continuaba siendo dueña de sà misma, arrancó al prelado de su ensimismamiento.
—¿Dónde me lleva esta carroza?
—Condesa, no temáis nada; habéis salido de vuestra casa y a vuestra casa volvéis.
—¿La del arrabal?
—SÃ, condesa… Una casa demasiado pequeña para tantos encantos.
Y el prÃncipe le cogió una mano imprimiendo un galante beso en el dorso.
La carroza se detuvo delante de la casita y Juana saltó al suelo ágilmente; tratando de apearse, el cardenal se preparaba a imitarla.
—No vale la pena, monseñor —le dijo en voz baja ese demonio femenino.
—¿Cómo? ¿Que no vale la pena pasar algunas horas con vos?
—¿Y dormir cuándo, monseñor?
—Creo que tenéis varios dormitorios en vuestra casa, condesa.
—Para mÃ, sÃ.
—¿Y para m�
—De ninguna manera —dijo con un gesto tan gracioso y provocativo que la negación equivalÃa a una promesa.
