El collar de la reina
El collar de la reina Al día siguiente, al anochecer, un carruaje llegaba por la aduana del Enfer, lo bastante polvoriento y lo bastante embarrado para que nadie pudiera distinguir las armas.
Sus cuatro caballos levantaban chispas del empedrado, y sus postillones acusaban un rango principesco.
La carroza se detuvo delante de un palacio de la mejor apariencia, en la calle de la Jussienne.
En la puerta de ese palacio esperaban dos hombres; uno de ellos, con una postura un poco teatral, para anunciar la ceremonia, y el otro con una vulgar librea, como la que en todos los tiempos han llevado los oficiales de las diferentes administraciones parisienses.
La carroza entró en el palacio, cuyas puertas se cerraron en el acto, desilusionando a los curiosos que se habían agrupado. El sujeto en traje de ceremonia se aproximó respetuosamente a la portezuela, y con una voz un poco temblona, soltó una arenga en un portugués que ni él comprendía.
—¿Quién sois vos? —preguntó, saliendo de la carroza, una voz bronca, en portugués también, pero con acento castizo.
—El indigno canciller de la embajada, Excelencia.
—¿Por qué habláis tan mal nuestra lengua, querido canciller? A ver, señalad el camino.
