El collar de la reina

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Capítulo XXVIII

A la mañana siguiente, antes de desayunar y gracias a la actividad de Ducorneau, la embajada había salido de su letargo. Librerías, carteras, escritorios, los caballos relinchando en la cuadra… Todo indicaba la vida allí donde la víspera todavía no se sentía más que la insensibilidad y la parálisis.

Se había esparcido con rapidez el rumor en el distrito de que un gran personaje muy experimentado en negocios había llegado de Portugal aquella noche. Y ese rumor, que debía favorecer a nuestros tres bribones, les resultaba una fuente de sustos cada vez mayores.

En efecto, la policía de Crosne y la de Breteuil tenían orejas muy sensibles, y se guardarían de cerrarlas en un asunto tan singular; tenían también los ojos de Argos, que tampoco se cerrarían cuando se tratase de los señores diplomáticos de Portugal.

Pero don Manoel le hizo ver a Beausire que con audacia impedirían los registros de la policía, si se hacían sospechosos antes de los ocho días; las sospechas no llegarían a ser certidumbre antes de quince, y, por lo tanto, antes de diez días, como término medio, nada estorbaría los planes de la asociación, la cual, para obrar eficazmente, debería terminar sus operaciones antes de los seis días.


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