El collar de la reina
El collar de la reina Al volver al palacio de la embajada, los señores encontraron a Ducorneau que almorzaba tranquilamente en su oficina. Beausire le rogó que subiera a las habitaciones del embajador y le dijo:
—Vos comprenderéis, mi querido canciller, que un caballero como monsieur de Souza no es un embajador ordinario.
—Ya me he dado cuenta —dijo el canciller.
—Su Excelencia quiere ocupar un lugar distinguido en ParÃs, entre los ricos y las gentes de gusto, y la estancia de este mezquino palacio de la calle de la Jussienne le es insoportable. Por lo tanto, tendréis que buscar una residencia particular para monsieur de Souza.
—Esto complicará las relaciones diplomáticas; tendremos que ir de un lado a otro cuando haya recepciones.
—Bah, Su Excelencia pondrá una carroza a vuestro servicio, querido monsieur Ducorneau —respondió Beausire.
Ducorneau creyó que iba a desvanecerse de alegrÃa.
—¿Una carroza para m�
