El collar de la reina

El collar de la reina

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Capítulo XXXIII

En la puerta de guardia, Felipe encontró un coche de alquiler y lo cogió.

—Calle Neuve-Saint-Gilles —dijo al cochero—. Y deprisa.

Un hombre que acaba de tener un duelo y que conserva todavía el gesto del vencedor; un hombre vigoroso cuya distinción denuncia su nobleza; un hombre vestido como un burgués y al cual, sin embargo, su porte anuncia a un militar, era más de lo que hacía falta para estimular al auriga, cuyo látigo no era, como el tridente de Neptuno, el cetro del mundo, pero para Felipe no dejaba de ser un cetro muy importante.

Por veinticuatro sous el cochero devoró materialmente el espacio y entre traqueteo y traqueteo llevó a Felipe a la calle Neuve-Saint-Gilles, al palacio del conde de Cagliostro, cuya mansión era de una gran simplicidad exterior y de una notable majestad de líneas, como la mayor parte de los edificios construidos bajo Luis XIV, con un estilo barroco de mármol y de ladrillos que el reinado de Luis XIII aportó al Renacimiento.

Una carroza tirada por dos buenos caballos se balanceaba sobre sus muelles en un gran patio. El cochero dormía envuelto en su vasta hopalanda forrada de zorro; dos criados, uno de los cuales llevaba un cuchillo de caza, segaban silenciosamente el césped.


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