El collar de la reina

El collar de la reina

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Capítulo XXXVII

La reina, en cuanto salió del gabinete de Luis XVI, midió en toda su extensión el peligro que acababa de correr. Apreció lo que Juana había puesto de delicadeza y de reserva en su improvisada declaración, y el tacto verdaderamente notable con que después continuaba en la sombra.

En efecto, Juana, que por una inesperada suerte acababa de iniciarse en los íntimos secretos que los cortesanos más hábiles acechan durante años sin conseguirlo, y comprendiendo que había desempeñado un importante papel en una delicada jornada de la reina, no pretendía obtener ninguna ventaja, ni quería que un gesto suyo pusiera en guardia el susceptible orgullo de los grandes, tan quisquillosos cuando advierten sentimientos del más noble linaje en sus inferiores.

Sin embargo, la reina, en lugar de aceptar la intención de Juana, que era ofrecerle sus respetos y retirarse, la retuvo con una amable sonrisa, diciéndole:

—Fue una gran fortuna, condesa, que me impidieseis entrar en casa de Mesmer con la princesa de Lamballe. Ved cómo todo se ha falseado, y aún no habiendo pasado yo más allá de la puerta, ha sido suficiente para aseguraros que yo había estado dentro, en lo que llaman la sala de las crisis. ¿No es ese el nombre que le dan?

—La sala de las crisis, sí, madame.


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